3. Amy Taylor. Su capacidad para causar daño.

Hombre Lobo: El Apocalipsis, Relatos

callejón oscuro

La puerta se abrió y el detective Lanford entró con una taza humeante. La dejó en la mesa frente a Amy y rodeó el escritorio para sentarse frente a ella.
-De acuerdo, señorita… Taylor. –Le dijo, mirando el informe preliminar que tenía frente a él- Sólo queremos repasar los hechos una vez más para asegurarnos de que tenemos toda la información.
Amy asintió, cogió la taza de tila y sopló un poco antes de dar un sorbo. La policía le hacía sentir más nerviosa que el altercado de su piso, y eso teniendo en cuenta que acababa de quedarse sin él…
-En su declaración dice que cuatro personas entraron en su apartamento rompiendo la ventana junto a la escalera de incendios. –dijo mientras ojeaba los papeles. Robert Lanford parecía cansado, como si llevase más horas de las recomendables despierto- Fue a examinar el ruido de la ventana y los encontró intentando curar a alguien… Que tenía seis heridas de bala en el pecho.
Amy asintió.
-Dijeron que si no les ayudaba me matarían. –dijo con una voz lo suficientemente afectada como para resultar convincente. Una pena que el detective Lanford no fuese un cualquiera- Le saqué las balas al chico herido y… -de nuevo, de forma muy convincente, se le quebró la voz. Demasiado apropiado- No sabía qué más hacer… Me amenazaban a punta de navaja…

Robert cerró la carpeta que tenía frente a él. Tal vez a los agentes jóvenes, a los que aun llevaban el uniforme recién salido de la sastrería, aquella chica pudiera colarles una historia así. De hecho, no era un suceso extraño. Lo extraño era todo lo que sucedía después. ¿Una enfermera atrapada en el fuego cruzado de dos bandas que sale ilesa? ¿Tras amenazas a punta de navaja? Las bandas de Bright Falls eran extremadamente violentas. Los que se cruzaban con algún pandillero no salían ilesos. Además… ¿Acabar por casualidad en la casa de una enfermera cuando uno tenía seis heridas de bala? Además, esa cantidad de detalle… Ella había dicho exactamente cuántas balas, sin dudar un segundo, como si sólo fuese una tarea rutinaria más. Incluso alguien experimentado tenía ciertas dificultades para recordar detalles específicos tras una situación de tanto estrés emocional, y Robert dudaba mucho que aquella enfermera hubiera recibido formación policial o militar para gestionar la ansiedad que producía una situación así. ¡Maldición! ¡Él había estado en el apartamento y era un jodido desastre! Paredes destrozadas, la ventana se había venido abajo, la escalera de incendios arrancada de los anclajes del muro de ladrillos, los agujeros de bala, los escapes de gas… Aquello había sido salvaje.
-¿Puede aclararme algo, señorita Taylor? –preguntó Robert, serenándose. No soportaba que le mintiesen tan descaradamente- ¿Dónde se escondió durante el tiroteo?
-Tras la barra de la cocina… -contestó, soltando la taza humeante en el escritorio- Cuando escuché el disparo en la entrada, corrí tras la barra.
-¿Y tras el tiroteo? –Preguntó una vez más- ¿Qué ocurrió?
-Escuché las explosiones. Las tuberías reventaron… -contestó. Lloró un poco, pero aquél policía no parecía convencido- ¿Y cómo, exactamente, se vino abajo la ventana y la escalera de incendios?
-No lo sé… yo… -empezó a tartamudear- Estaba tras la barra de la cocina, agachada…
-Hubo un muerto, señorita Taylor. Alguien murió aplastado por algo tremendamente pesado. Una caída de cuatro pisos le hace cosas horribles a un cuerpo, pero no lo convierte en papilla. –el tono de Robert se endureció. Sabía que podía sacarle a aquella chica lo que había pasado allí.
-Yo… No lo sé, detective… ya se lo he dicho… -Amy empezaba a sentirse acorralada. ¿Cómo demonios hacía aquello su padre? Sentarse delante de alguien, mirarle a los ojos y mentirle… Como le había mentido a ella.
-¿Cuatro pandilleros entran su apartamento, la amenazan para que cure a uno de ellos, dos más entran a tiros y usted sale ilesa? –Robert se inclinó hacia delante- ¿Sabe qué parece? Parece que sabían dónde tenían que ir, a quién tenían que buscar… Y a quien tenían que cubrir.
-A qué… ¿A qué se refiere? –preguntó Amy, nerviosa, mirando a aquél hombre. Las lágrimas que salían de sus ojos ahora sí que eran reales.
-Digo que sabes quienes son, y que les estás encubriendo, y que eso es un delito grave. –volvió a reclinarse en su asiento, alejándose lentamente.
-Eso no es verdad…
-¡Entonces explique por qué hay un rastro de sangre que va directo hasta la barra de la cocina! ¡Si usted estaba allí debería haber visto a alguien arrastrarse hasta allí! –le gritó de repente. Tan sólo necesitaba presionarla un poco más y lo sabría todo.
-Yo… ¡Eso no es…!
La puerta del despacho se abrió de par en par. Una mujer entró en la habitación y miró directamente a Robert. Era alta, pelirroja, algo mayor, pero bastante guapa.
-Se acabó, Lanford. –Dijo Erín Ni Chonaill, inspectora de homicidios de Bright Falls- Han venido a buscar a la chica.
Amy se giró en la silla, aliviada. Las lágrimas se le escapaban, y estaba a punto de perder la compostura que había conseguido mantener hasta el momento. Cuando vio a Erín parada de pie en la puerta tuvo que contener un suspiro de alivio.
-Aaron Miller, el tío de la chica, ha venido a buscarla, y trae a su representante legal. –Explicó- Y no seré yo quien se las vea con el maldito William Ferguson.
-¿Qué tiene que ver aquí el maldito jefe del sindicato? ¿Y el guardabosques? –preguntó Robert, indignado por la interrupción. Estaba a punto de saber toda la verdad de lo que había pasado en aquél apartamento.
-No sé qué relación hay entre Aaron y William, y mientras no se vean involucrados en un asesinato, no tengo intención de descubrirla, Lanford. –Respondió- Lo único que sé ahora mismo es que su representante legal está aquí, y si quieres continuar con este interrogatorio vas a tener que hacerlo en su presencia.
Robert no era estúpido. En los últimos tres años el tal William Ferguson había estado metido en muchos fregados contra la ciudad y las subsidiarias de PENTEX, denunciando toda clase de irregularidades. Tenía que aplaudir su tenacidad, porque había mejorado mucho la situación de muchísimos trabajadores, y había sido una influencia importante para volver a dotar de vida al puerto de la ciudad tras su repentino hundimiento… Pero también tenía la sensación de que ayudaba a mantener ocultas otra serie de cosas. Había veces en las que se mezclaba en asuntos demasiado turbios… ¿Y ahora aparecía allí? ¿Para representar a una enfermera?
-Mira, se cómo te sientes, pero tienes mucho material para investigar. –Trató de consolarlo Erín- Los del laboratorio están analizando la sangre, y seguro que conseguimos alguna coincidencia. Además, la científica sigue analizando el apartamento. No necesitas a esta chica para cerrar este asunto. –Erín miró a Amy- Y si ella está implicada…
Amy palideció en la silla.
-Vamos, llévatela ya de aquí. –dijo haciendo aspavientos con las manos. La situación de aquél hombre no era la mejor del mundo. Desde que su mujer se quedó paralizada de cintura para abajo y su hijastro se había marchado, se había vuelto más taciturno.
Amy se levantó de la silla y siguió a Erín por los pasillos de la comisaría.
-Ya están abajo, en recepción, esperándote. –su voz era seria, y caminaba rápido. Aquella situación la incomodaba y enfadaba tanto como al detective Lanford.
-Erín… Lo siento mucho… -comenzó a disculparse Amy.
La mujer pelirroja se detuvo en mitad del pasillo. A aquella hora la comisaría estaba prácticamente vacía. Las madrugadas se habían vuelto relativamente tranquilas. Suspiró de frustración y miró a Amy.
-Maldita sea, chiquilla… No es tu culpa. –le dijo, acercándose a ella y frotándole los brazos para reconfortarla- La culpa es de los Garou y su capacidad para causar daño.
-No digas eso… -Amy agachó la mirada. Sabía que Erín prefería mantener una relación distante con sus parientes más agresivos- Necesitaban ayuda de verdad…
-Ese es el problema, Amy. Siempre necesitan ayuda. Siempre están metidos en algo, y siempre consiguen que nos salpique. No les basta con llevarse a nuestros hijos… -Se separó de Amy y se apoyó en la pared- No puedes hacer siempre lo que ellos quieren. Tú no puedes vivir del aire como ellos, escondidos en los bosques y montañas… Tienes derecho a una vida mejor.
-Me gusta mi vida, Erín… -contestó Amy, sin saber muy bien a dónde quería llegar Erín. La Pariente de los Fianna era una mujer complicada.
-Tú sólo trata de conservarla, no dejes que ellos la invadan ¿Vale? Eres una buena chica, y no quiero verte sentada en despachos de detectives de homicidios tan a menudo como veo a otros.
-Tranquila. Sé lo que hago. –le contestó.
-Pues para saberlo, parecía que Robert estaba a punto de destaparlo todo. –dijo Erín mientras volvía a ponerse en marcha, de camino a la recepción.
Amy permaneció en silencio. Erín tenía razón: aquél detective la había acorralado y la había puesto entre la espada y la pared… Y también tenía razón en que los Garou habían invadido parte de su vida… De hecho, siempre habían sido una parte crucial de su vida… Su tío Aaron, sus amigos, Sebastian… Los Garou habían cuidado de ella desde que tenía memoria. Y ahora aquella chica… La que se había puesto entre las balas y ella. Tal vez le pedían cosas, pero le habían ofrecido muchas más sin condiciones.
Llegaron a la recepción, y allí esperaban Aaron, con su cazadora desgastada, su mirada dura, su pelo marrón rojizo. Sus ojos se suavizaron en cuanto la vio, y reflejaron alivio y preocupación a partes iguales. Algunos decían que era raro ver así a su tío Aaron, pero ella lo recordaba así desde hacía mucho. Y luego estaba William, un hombre algo más joven que su tío, de pelo castaño y cara sucia, con una sonrisa autosuficiente en el rostro. Guapo, pero simple.
-Así que esta es Amy Taylor. –Dijo, mirándola- Un gusto conocerte.
-Usted debe ser Willliam… -dijo ella, en voz algo más baja, sonrojándose un poco- No sabía que nos conociéramos.
-Y no os conocéis. –Dijo Aaron, acercándose a ella- Él está aquí porque yo se lo he pedido, por su había algún problema que yo no pudiera resolver. –la examinó sin muchas ceremonias, algo que visiblemente incomodaba a Amy, pero era más debido a su carácter vergonzoso que a la falta de confianza. Si había alguien en quien confiaba, era en Aaron- Parece que estás bien. ¿Qué ha pasado?
-Nada importante, tío… -contestó ella, mirándole a los ojos.
-¿Nada importante? El chico que vino a buscarme dijo que hubo disparos en tu casa. –La mandíbula se le tensó al terminar de hablar. Amy sabía que estaba enfadándose.
-No ha sido nada, tío… te lo contaré todo cuando lleguemos a casa…
-Y de casas hablaremos. –comentó William.
-De nada, “Aaron”. –dijo Erín.
Aaron bufó, agarró a Amy del brazo y salió de la comisaría con ella, seguido de William.
-Es un cascarrabias, no se lo tengas en cuanta. –dijo William mientras la puerta se cerraba.
-¿Cuántos de vosotros no lo son? –contestó Erín cuando la puerta se cerró.

“Cabrones arrogantes. No saben lo que duele que te traten así”

Erín suspiró una vez más. Iba a ser una noche larga, esperando los resultados del laboratorio y tratando de que Robert no acabase descubriendo algo demasiado peligroso para su propia seguridad.

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