2. Megan. Una noche tranquila

Hombre Lobo: El Apocalipsis, Relatos

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Seis disparos que resonaron en la calle, el sonido de la goma rozando contra el asfalto. El olor a pólvora y goma quemada. Un cuerpo golpeando contra el suelo.

-¡Matthew! – Gritó Megan al ver como su compañero estaba tirado inconsciente en la puerta del bar.

Los tres Garou casi que no habían podido reaccionar. Solo pudieron escuchar el fuerte sonido de la moto alejarse a toda velocidad. Se acercaron al cuerpo prácticamente sin vida, recogiéndolo, apartándolo de las miradas curiosas, y huyeron hacia el coche lo más rápido posible.

La gente empezó a agolparse al escuchar los disparos, muchos alterados y otros llamando rápidamente a las autoridades de Bright Falls.

-¡Mierda! ¡Que se muere! – No hacía falta decirlo para que todos lo notasen.-¡¿Dónde lo llevamos?! – Preguntó Aeryn, asustada, pero aun así, asistiendo como podía las heridas en el asiento trasero del coche. Parecía que todo el alcohol que había ingerido se le había bajado de golpe.

-¿Al túmulo? – Preguntó Megan, intentando mantener la calma en todo momento, aunque la situación, claramente, estaba fuera de su alcance. Esperaba que su voz temblase un poco menos de lo que notaba temblar su propio cuerpo. ¡Era de locos! Primero vampiros, esos seres que pensaba que solo existían en leyendas, y ahora, una persona que acababa de conocer muriendo a metros de ella. Su padre, allá en Canadá… Aquél camionero… Tanta sangre, tanta violencia… Sintió una ligera náusea que reprimió rápidamente. ¡Ella tenía que ser la que mantuviese el optimismo! ¡Tenían que sacarlo de allí y ayudarle!

-No… -Jack parecía dubitativo, como casi siempre que hablaba. ¿Cómo podía mantenerse tan apartado en una situación así?- Al túmulo no llegaría con vida, sin contar encima que en coche no podemos llegar…. – Jack intentaba arrancaba el coche mientras pensaba qué hacer con su hermano. – Hay una Pariente no muy lejos de aquí. Vamos a llevarlo allí. – Trató de arrancar, pero aquella vieja chatarra de coche se negó a hacerlo. El sonido del contacto se hizo terriblemente irritante en cada intento de arrancar el coche. ¡Matthew se desangraba y aquel cacharro era su mejor posibilidad de conseguirle ayuda!   .
“No vamos a conseguirlo. No va a salir de esta”
Megan se reprendió a sí misma y volvió a intentar ayudar, nerviosa, a Aeryn, que no dejaba de tratar de taponar las heridas con su sudadera. ¡Si aquella chica estaba dando lo mejor por aquél chico, ella debía hacerlo también!

El tráfico era horrible. Incluso a esa hora, la ciudad estaba congestionada. Los frenazos y giros bruscos, los acelerones… todo hacía tremendamente complicada remendar las heridas de Matthew, que no paraba de sangrar en el asiento trasero.
“Pensaba que los Garou se curaban casi al instante… ¡Debería estar bien! ¡No debería desangrarse de esta forma!”

Jack. Intentó atajar como pudo, pero al final, la vieja chatarra que tenía por coche decidió pararse, insistiendo en que en ese momento no arrancaría más para ayudarlos.

Jack Hijo de la Venganza, desesperado, bajó del coche. Sin importar mucho quién pudiese mirar, cambió su forma a una más rápida y ágil, la forma Glabro, la del hombre bestial, más alto, fuerte y peludo, a todas vistas más salvaje, aunque aún humano. Los huesos crujieron, la piel se tensó, y la ropa cedió para alojar al cuerpo en crecimiento de Jack. Aunque infinitamente más disimulada que la forma de batalla, la Crinos, la del Hombre Lobo, la forma Glabro también era evidentemente bestial.
Jack se movió deprisa, sujetando a Matthew, buscando el camino con la urgencia reflejada en la mirada. Megan podía sentir su necesidad, sin que él dijese ninguna palabra. Parecía ansioso…Necesitaba volver con Matthew sano y salvo.
Fue por los callejones, escondiéndose de las personas de la calle, y seguido de cerca por las dos chicas. No le costó encontrar las escaleras de incendio del apartamento de la Pariente. Allí, las luces estaban apagadas, y aparentemente no había nadie. Empujó con fuerza sobre la ventana hasta romperla, y caer estrepitosamente en el suelo. Algunas magulladuras, pero nada de importancia. Lo puso sobre la mesa de lo que parecía un salón mientras las otras llegaban.

-¿Cómo se llama la chica? – Preguntó Megan, en voz baja, tratando de permanecer serena. Lo cierto era que le estaba costando horrores mantener el tipo, y no sabía durante cuánto tiempo más podría hacerlo. ¿Iba a ser siempre así de ahora en adelante?

-Amy. -Contestó Jack, terco, con una nueva voz, más grave y autoritaria, que hasta ahora le había pasado desapercibida a Megan.- Aeryn, rápido, busca un botiquín, toallas, paños… ¡Algo!

-¡Pero no sé dónde está el baño…! -masculló Aeryn. Jack le lanzó una mirada fulminante, y sabiendo que no podría razonar con él, se dirigió al pasillo en busca del baño.

Megan llamó a la chica, gritando su nombre desde el salón en el que se encontraba, pero nadie respondía. Aeryn, en cambio, iba caminando por el pasillo buscando el cuarto de baño, y allí, de improviso, se encontró a la chica, posiblemente la más guapa que había visto en la vida. Una chica joven, mayor que ellas, con un precioso pelo rubio alborotado por la almohada y unos ojos celestes, claros. Desentonaba en aquel lugar, en aquella situación. Era demasiado… normal. ¿De verdad estaban arrastrándola a aquella locura?
La chica, aun algo dormida, empezó a gritar al ver a Aeryn, una total desconocida, en mitad del pasillo de su piso. Para  ella, aquello no debía ser más que un robo o un asalto… No tenía ni idea de lo que estaba pasando.

-Tranquila, tranquila. -le dijo Aeryn, tan tranquila como pudo, lo cual no era mucho, teniendo en cuenta la situación- Somos del túmulo. -le explicó- Uno de los nuestros está a punto de morir y necesitamos tu ayuda.

-¿Del túmulo…? -preguntó en un susurro, tras dejar de gritar. Aquella simple explicación parecía haberla calmado, como si el hecho de que los Garou irrumpieran en su casa en mitad de la madrugada fuera algo normal, algo terriblemente corriente- ¿Alguien herido…?

Amy se recompuso más rápido de lo que ninguno de ellos podía creer, y corrió hasta la sala donde los demás la estaban esperando. Cuando cruzó el umbral, ya no era la chica somnolienta y asustada. Parecía una enfermera de guardia, lista para hacer su trabajo. Megan había visto a muchas enfermeras de guardia en sus viajes al hospital, y sabía reconocer a una. Era mejor hacer lo que te decían.

-Necesito que me echéis una mano si queréis a vuestro amigo vivo. -su voz era autoritaria.  Con aquellas palabras se había hecho con el control de la situación, situándose frente a la mesa, examinando el pecho agujereado de Matthew- Tú – Dijo señalando a Megan. – Coge un cazo y hierve agua. En el segundo cajón hay paños, tráelos. Tú – Ahora señaló a Aeryn. – Ve al cuarto de baño y trae alcohol, gasas y pinzas. La puerta de la izquierda en el pasillo. Y tú – Terminó, señalando a Jack. – relájate. -No podías llevarle la contraria a una enfermera de guardia.

Todos siguieron sus órdenes, y en poco tiempo, estaba sacando las balas del pecho de Matthew. Mientras, Jack daba vueltas alrededor de la mesa, nervioso.

-Vamos, sálvalo. -le dijo Jack, de forma brusca, con una sensación amarga en la garganta, incómodo, a sabiendas de que no estaba haciendo nada. Matthew se moría frente a él y no podía hacer nada- ¡Arréglalo!

-Hago lo que puedo, y si lo que puedo hacer no te gusta, lo mejor sería que te apartases. -le dijo Amy, concentrada en sacar las balas del pecho del muchacho que sangraba sobre la mesa de su salón. De repente, empezó a convulsionar- ¡Sujétalo! -le gritó a Aeryn, que agarró como pudo a Matthew- Tú háblale, mantenlo con nosotros.

Megan dudó sobre qué decir. ¿Qué se le dice a alguien inconsciente que se muere? ¿Qué se le dice a alguien que no conoces en esa situación? Todo era demasiado raro, demasiado extraño, demasiado violento… Pero no estaba dispuesta a dejarlo solo, no en esa situación. Si tan sólo alguien hubiera podido estar con ella en todas aquellas ocasiones…

-Vamos, Matthew… Aguanta. Todo va a salir bien. -le dijo, agarrándole la mano y apretándola, esperando que aquello le hiciera saber que estaban allí con él- Amy te está curando, y en nada vas a estar bien…

Matthew no dejaba de temblar, dificultando el trabajo de Amy, que se afanaba en limpiar y cerrar las heridas, en impedir que la sangre siguiese saliendo. Aeryn, echada sobre las piernas del chico, trataba de agarrarlo como podía. Jack no dejaba de dar vueltas. El sonido de sus pasos era como el avance incesante de las agujas de un reloj: angustiante, apremiante, irritante.
De repente, Matthew dejó de temblar. Todos lo miraron fijamente, temiendo que se hubiera muerto. Amy seguía limpiando las heridas, y con unas cuantas indicaciones hizo que la ayudaran a mover a Matthew para vendarlo.

-Ya está estable. Solo necesita un tiempo para recuperarse. -se retiró de la mesa al terminar de vendarlo, y se limpió las manos ensangrentadas en uno de los paños que aún quedaban limpios.

Casi al unísono todos exhalaron, calmados, ahora que su compañero estaba estable. Jack se acercó a la mesa una vez más, para asegurarse de que Matthew estaba bien. Megan y Aeryn se retiraron junto con Amy.
Megan sintió que su cuerpo se relajaba, o más bien que lo intentaba. Tenía los músculos tensos y los nervios a flor de piel tras todo lo que había pasado. Pero al final había valido la pena. Se había mantenido positiva, en pie, y todo había salido bien. Matthew iba a recuperarse. Estaba a punto de decirle algo a Amy cuando el ruido la alertó, y al igual que ella, a los demás.
Tanto desde el pasillo exterior como de la escalera de incendios empezaron llegar ruidos de pasos. Sabían perfectamente que alguien venía, posiblemente a terminar el trabajo que había empezado en la puerta del bar
Jack reaccionó rápidamente, y permaneciendo en la forma Glabro, encaró la ventana rota por la que habían entrado, cubriendo a Matthew y a las chicas.

-¡Megan! ¡Aeryn! ¡Cubrid el pasillo de la entrada! -ordenó mientras se preparaba para quien pudiera aparecer por la escalera de incendios. Las chicas obedecieron, y adoptando la misma forma que él, más grande y robusta, se dirigieron al pequeño pasillo de la entrada.

Todos sufrieron otro sobresalto cuando Matthew, por fin, recobró el conocimiento de golpe, con la cara descompuesta, no solo por haber estado en una experiencia cercana a la muerte.
Lo primero que vio fue todos puestos en posición de combate. Las dos chicas, listas, más grandes y fuertes, pero todavía con aspecto humanoide, y Jack en la ventana.

Antes de que pudieran reaccionar,  una ráfaga de disparos de una uzi llegó desde la ventana. El primero en recibir tres disparos fue Jack, que rugió de dolor cuando las balas se hundieron en su torso. Los otros iban directos hacia Amy. Megan reaccionó rápidamente, sin saber muy bien qué la movía si el valor o la estupidez, porque definitivamente no había que ser muy inteligente para meterse en la trayectoria de los disparos. Cubrió a Amy con su cuerpo, ahora lo suficientemente grande para permitirle abarcar a la chica, colocándola contra la pared. Sintió los dos impactos en la parte baja de la espalda. Una explosión de dolor la cegó momentáneamente. Nada podía haberla preparado para aquello. Había sufrido muchas clases de dolor en su vida, pero nunca había sentido un disparo. Sintió la quemazón en el interior de su cuerpo, extendiéndose por toda la trayectoria de las balas.
Sus reflejos habían salvado a la chica. Al mirar abajo, entre sus brazos, encontró a Amy, intacta, asustada de nuevo, pero manteniendo el tipo. Podía sentir su nerviosismo, su miedo. Pero estaba intacta. En cambio, su espalda empezaba a arder. Era una sensación sofocante y dolorosa, como si tuviera dentro un palo al rojo vivo. Quería gritar de dolor, pero consiguió contenerse. Aquello sólo habría asustado más a la chica. Cuando el dolor aumentó aún más, lo supo: balas de plata.
Matthew saltó de la mesa y corrió hacia Aeryn, que estaba junto al pasillo de la entrada. Cambió a su forma de batalla, una imponente criatura, mitad hombre, mitad lobo, de casi tres metros de altura y media tonelada, con grandes garras y dientes, con su pelaje negro y unos ojos de un profundo amarillo.

Lo siguiente fue un disparo de una escopeta en la puerta. Los perdigones destrozaron la puerta y se clavaron en las paredes. Pasaron cerca de donde Matthew y Aeryn estaban cubriéndose. Pudo sentir la plata cortando parte de su conexión con Gaia, intentando drenar parte de su Gnosis. Lo último que quería era que le volviesen a disparar, y menos aún con perdigones o balas de plata.

-“¡Plata!” -rugió en la lengua de los Garou, la única que aquella garganta y labios bestiales estaban preparados para pronunciar-  “¡Aeryn. Busca por la cocina algún spray, o algo inflamable!” -Acababa de recobrar el sentido y ya estaba rugiendo órdenes. Parecía imbatible.

La chica obedeció la orden de Matthew, que esperó al atacante mientras permanecía cubierto tras la esquina de pasillo.
Aeryn tampoco tuvo mucha suerte, ya que la siguiente ráfaga fue hacia ella mientras intentaba alcanzar cobertura tras la barra de la cocina, donde se encontraba lo que Matthew le había pedido.

Ya había tres heridos y no muchas oportunidades de salir con vida. Matthew supo bien a lo que recurrir, al ver que no le podrían aguantar otra ráfaga como aquellas. Tenía que acabar con ese vampiro de un solo golpe. Solo tenía una oportunidad para ello.

Retrocedió un poco y decidió jugársela. A fin de cuentas, era tan buena opción como esperar a que le disparasen. Atravesó la pared del salón, y sin detenerse atravesó otra pared, llegando directamente al pasillo por el que comenzaba a avanzar el tipo de la escopeta. Era el mismo tipo del bar. Consiguió agarrarlo de un mordisco por el brazo izquierdo, levantándolo del suelo, sacudiéndolo. De un solo bocado le arrancó el brazo, que se desprendió del cuerpo con un sonoro crujido cuando partió los huesos y la carne con sus potentes mandíbulas. El brazo se deshizo rápidamente en cenizas aún en su boca, dejándole un sabor amargo. El hombre comenzó a secarse súbitamente, como si todos los líquidos de su cuerpo hubieran desaparecido de golpe, y cayó al suelo, inerte, como si fuera una momia. Matthew permanecía en pie, resoplando por el hocico, dedicando una mirada al Vampiro a sus pies, ni muerto ni vivo. Colocó uno de sus grandes pies sobre el pecho del vampiro inmóvil, y lo rozó con las garras mientras gruñía, triunfante.

Jack saltó hacia la ventana, cambiando de forma hasta convertirse en un imponente Crinos de pelaje blanco. Arrancó parte de la ventana en su marcha, y cuando ambos chocaron con la barandilla de la escalera de incendios se escuchó un quejido metálico y un fuerte chasquido. El metal cedió, el ladrillo no pudo seguir conteniendo los anclajes de la estructura pegados al edificio, y se precipitaron hacia el suelo. Cayó sobre el tipo de la uzi, y pudo escuchar y sentir cada hueso explotando bajo su media tonelada de músculo y rabia. Cuando se incorporó, estaba completamente manchado de sangre, con restos humanos clavados en la piel. Se sacudió lo mejor que pudo mientras sus propios huesos sanaban a una velocidad pasmosa, como si no hubiera caído desde un cuarto piso.

-Amy, ¿estás bien? – Preguntó Megan levantando del suelo a la hermosa chica.

-S…s, sí. -contestó, sorprendentemente tímida a la vez que asustada.

-Venga. Tenemos que irnos de aquí. – Gruñó Mathew tras cambiar de nuevo a la forma Glabro – ¿Puedes andar? –Preguntó a Aeryn. La menor asintió dolorida.

-Yo… me quedo. -dijo de repente Amy- Alguien tendrá que explicarle a la policía lo que ha pasado… -Tenía la mirada clavada en el suelo, y empezaba a enrojecerse. Estaba visiblemente abochornada. ¿Cómo podía pasar del miedo a la vergüenza? Incluso… Un rato antes le había parecido increíblemente fuerte y segura.

-¿Estás segura? Podríamos llevarte al túmulo o algo. -le dijo Matthew. No tenía mucho tiempo para andar negociando con un Pariente.

-En serio, iros vosotros. Yo me las apañaré…-dijo Amy, dirigiéndose tras el mostrador de la cocina y cogiendo un aerosol y un mechero- Tengo mis recursos. -empezó a quemar pequeñas partes de los muros derribados. Planeaba hacerlo pasar por explosiones de algún tipo.

Tras levantarse y quejarse por las dolorosas heridas causadas por la plata, que ardían con intensidad incluso en aquél momento, Aeryn llamó por teléfono a Jack para avisarle de que la policía estaba de camino. Jack iría a por el coche y ellos lo esperarían en un callejón a unas calles de allí, ocultos con los restos del Vampiro. ¿De verdad era un Vampiro? Le costaba creérselo… Pero claro, un par de semanas antes también le costó creerse que ella podía ser un Hombre Lobo. Consiguieron en un callejón algo de madera para asegurarse de que ya no se movería en mucho tiempo. Matthew arrancó la pata de una silla que estaba tirada cerca de un contenedor, y sin miramiento alguno, atravesó el corazón de la criatura, que se sumió en una especie de rictus, como una estatua. Permanecía inmóvil, rígido, frío… muerto.
“¿No se supone que los Vampiros mueren cuando se les clava una estaca en el corazón? ¿Por qué demonios no se derrite o se deshace o algo? ¿Se puede matar a esa cosa? ¿O acaso es realmente inmortal…?”
Un escalofrío le recorrió la espalda, y una nueva punzada de dolor ardiente hizo que dejase de darle vuelta a aquellos pensamientos.
Afortunadamente Jack no tardó en llegar. Metieron el cuerpo en el maletero, volvieron a adoptar su forma humana y entraron en el coche. Jack volvió a arrancar y salieron de la ciudad tan rápido como el tráfico les permitió.
Al pasar cerca del edificio de Amy pudieron ver las luces de los coches de policía y a dos agentes que empezaban a acordonar la zona. Habían organizado un buen revuelo… ¿Estaría bien la chica? ¿Habían hecho lo correcto al dejarla allí? Parecía saber lo que hacía…
Matthew y Jack permanecían en silencio. Ninguno de los dos decía nada. Las luces de los coches que se acercaban en dirección opuesta los iluminaba de vez en cuando. Estaban serios, con la mirada clavada en la carretera, sin decir palabra. Ahora Matthew parecía intacto, sano… Pero mirando a los demás vio el dolor. Todos tenían heridas. Estaban manchando los asientos de sangre, y nadie decía nada.
Le pareció oír como Aeryn sollozaba un poco. La miró. Era joven, más que ella… pequeña… demasiado para estar allí. ¡Hasta ella era demasiado pequeña para estar allí! Pero no la vio llorar… Debía haber sido su imaginación… Tanta sangre, los disparos… ¡Llevaban un cadáver en el maletero! ¡¿Nadie iba a decir nada?!
Matthew la miró por el retrovisor, y se percató de su angustia.

-Hoy ha sido una noche de las tranquilas. -Dijo con calma.

-¿De las tranquilas? -Preguntó Megan, intentando no sonar asustada. ¡¿Aquello era una noche tranquila?! ¡Estos Estadounidenses estaban locos!

-Puedes considerar esto nuestra versión de la pelea de bar. -Explicó- Todos estamos bien, y al final sólo ha sido un susto. -Él sabía que no era así, pero no tenía sentido asustar a aquella chica más aun- Por tranquila no quería decir normal. Quería decir tranquila. Normalmente nadie te dispara seis veces al abandonar el bar. Lo normal es que alguien acabe contando una historia o cantando una canción.

Jack permaneció en silencio, pero Megan pudo ver que miró de reojo a Matthew. ¿Qué significaría aquella mirada? ¿Estaba hablando en serio el chico nuevo?

-Entonces ha sido una noche de las tranquilas ¿Eh? -contestó ella-  Bueno… -no supo qué añadir. Así que pasó el resto del viaje en silencio, al igual que los demás.
¿Este era su sitio ahora?

Finalmente llegaron a las afueras del bosque. Jack aparcó el coche en un lugar escondido, y Matthew sacó al Vampiro empalado del maletero. Todos juntos fueron a una cueva cercana. Matthew y Jack les explicaron que allí es donde la manada tenía la costumbre de deshacerse de los enemigos mancillados por el Wyrm que intentaban atacar el túmulo, y que sería un buen escondite para dejar al Vampiro.
A medida que se acercaron vieron que de la cueva salía la luz de una hoguera. El humo de la hoguera les traía el olor de la corteza y la resina de los pinos. Un olor agradable si te gustaba acampar. Un olor que Megan había conocido toda su vida, pero que había cobrado especial importancia en las apenas dos semanas que llevaba viviendo en el lago.
Entraron en la cueva, a sabiendas de que sólo otro Garou podría estar allí. Y Allí estaba Garra, el alfa de la manada, sentado frente a una hoguera. Era un hombre mayor, de unos cuarenta años, de rasgos duros y mirada más dura aún. Su pelo, de un color marrón rojizo, contrastaba fuertemente con el naranja de las llamaradas. Sus brazos estaban cubiertos de cicatrices de todas las formas y tamaños. Iban desde quemaduras a grandes cortes. Ni tan siquiera levantó la mirada cuando entraron.
Todos se sintieron tensos de repente, como si se encontrasen en un serio problema por el mero hecho de estar en la misma habitación que él.
Cuando habló, su voz sonó seria y arisca.

-Mathew. Hacía mucho que no te veía. -agitó las brasas con un palo. Seguía sin mirarlos- ¿Qué tal tu búsqueda? ¿Encontraste algo en Europa? -Megan no sabría decir si estaba realmente interesado en lo que Matthew pudiera responderle.

-Sí. Parece que el camino me lleva de nuevo hasta aquí. -Contestó Matthew, sin miedo, pero con cautela. Le miraba a Garra la cara algo sorprendido.

-¿Y por qué traéis eso aquí? – Preguntó, señalando el cadáver del vampiro. Levantó la mirada por primera vez, y Megan sintió un escalofrío. Aquellos ojos no la estaban mirando, la estaban examinando. Estaban buscando algo. ¿Era por aquello por lo que los demás hablaban de Garra con tanta cautela?- ¿Hay alguna razón para que traigas a ese engendro tan cerca de mi túmulo?

-Me atacó. -Le explicó con calma- Fuimos hasta la casa de una Pariente que nos ayudó, pero parece que quería acabar con el trabajo. -soltó el cuerpo en el suelo- Una decisión un poco estúpida.

Matthew se acercó al lugar donde estaba Garra, y mientras Jack se acercó y examinó el cuerpo. Encontró una marca parecida a un tatuaje, salvo que parecía más una quemadura., y tras observarlo unos segundos, se lo mostró a los demás. Garra se levantó de la piedra en la que estaba sentado y se irguió. Aquél hombre emanaba algo que no sabía si llamar respeto o temor, pero la hacía sentir incómoda y seguridad. Era extraño estar cerca de aquél hombre.
Se acercó al cuerpo inmóvil del vampiro y le arrancó la estaca del corazón. Le quitó la chaqueta destrozada para examinar mejor la marca, grabada a fuego en aquella piel mortecina.

-Eso no debería estar ahí. -dijo con seguridad, mientras jugueteaba con la estaca improvisada- Es el símbolo de uno de los grandes grupos de los vampiros. En Bright Falls, tras la guerra que mantuvieron por la ciudad hace unos años, sólo hay vampiros del otro grupo. Eso es del Sabbat, y sólo los muy devotos tienen marcas como esta. Sólo los que han sido elegidos. – Explicó Garra mirando a Matthew. – ¿Qué piensas hacer con él? -Ignoraba deliberadamente al resto de los que se encontraban en la habitación.

-Dame un momento que lo piense. -Le dijo Matthew, cauteloso- Antes debería curar a los demás, aun llevan balas dentro. ¿Puedo dejarlo aquí mientras averiguo de donde ha salido?

-Si el trabajo no está terminado, haz lo que debas. -volvió a empalar al Vampiro con una facilidad asombrosa. Volvió a sentarse en su sitio, y siguió agitando las brasas, mirando al fuego- Ya deberías ser capaz de hacerlo tú mismo. -Megan no sabía si aquello había sido un reproche o una muestra reconocimiento. Desde luego, había sonado a reproche.

En la cueva, poco a poco Mathew fue curando a cada uno de sus compañeros. Extrajo las balas y usó sus Dones espirituales para cerrar las heridas causadas por la plata, algo que de forma natural habría llevado muchísimo más tiempo.
Aeryn era la que estaba más afectada, tanto física como psicológicamente. Desde luego, no era normal para una niña de 15 años recibiera un tiro y descubriera la existencia de los Vampiros en la misma noche. Megan estaba preocupada por ella, por cómo aquello podía afectarla… Borracha, herida, asustada… Todo en la misma noche.
Cuando Matthew se acercó a curarla a ella, le habló:

-Creo que lo mejor es entregarlo a los suyos. -le dijo sin rodeos- Si alguien sabe que hay que hacer, serán ellos. Además, hoy hemos tenido ya una conversación con ellos. Si hacemos eso, seguramente confiarán más en nosotros, y podremos evitar futuros enfrentamientos.

-Sí, creo que es una buena decisión. -admitió él. Podía ser que aquella chica fuera más lista y útil de lo que él había pensado en un principio. No es que esa idea no se le hubiera pasado por la cabeza, pero no esperaba que ella la expresase de una forma tan conveniente, teniendo en cuenta su falta de experiencia- Pero antes de que eso ocurra, tengo que averiguar algunas cosas.-terminó de remendarle las heridas- Podéis ir saliendo, yo voy a llevarlo al fondo de la cueva y ahora os seguiré.
Matthew recogió al Vampiro y se dirigió al interior de los túneles. Megan, Jack y Aeryn se pusieron en pie y salieron de la cueva, despidiéndose de Garra. Este sólo señaló levemente con la cabeza.

Salieron fuera, cansados y algo nerviosos por culpa del día. La llegada de Matthew…los vampiros…el tiroteo…era demasiado. Aun así no todo acababa ahí. Todavía tenían que descubrir una cosa más.

-Megan, necesito que encuentres información para saber de dónde provienen las balas de plata. Ahora que tenemos el arma, puedes rastrearla con facilidad. Llévate mi móvil, y ten cuidado. – Mandó Jack, era raro verlo dando órdenes. Estaba acostumbrada al chico taciturno y complaciente.

La novata se transformó en lobo para poder buscar mejor. Sólo lo había hecho una vez antes de aquella, cuando le habían enseñado a controlar las transformaciones entre las distintas formas. Sintió como todo su cuerpo se tensaba, cómo los huesos se fracturaban y soldaban en nuevas posiciones, cómo crecía la cola, las garras del lobo, la piel… Le picaba todo el cuerpo a causa del pelo que le crecía y de repente se sintió encoger, menguando hasta alcanzar el tamaño adecuado. La visión se volvió borrosa y después extrañamente nítida, hasta que sus ojos adoptaron una nueva forma, para adaptarse mejor a las necesidades de su nuevo cuerpo. Su nariz captaba los olores con más intensidad y profundidad que nunca, y su oído se había afinado de forma sobrehumana. Apenas fueron unos segundos, pero le parecieron horas de una extraña mezcla de dolor y placer. Al final estaba allí, una loba negra con líneas de pelo blanco en el lomo, esperando.
Le costó, pero como pudo, mantuvo la compostura. Olfateó la escopeta que se habían llevado junto con el Vampiro, y captó los olores de una forma que no supo definir… No era como si oliera cosas, sino conceptos… No estaba oliendo sudor, sino euforia, miedo, rechazo… Olía lujuria y sexo, humo y alcohol. Olía adolescentes… Muchos… Gente junta, muy junta, sintiendo de forma muy intensa… No sabía por qué sabía aquello, pero sabía que era cierto, y era todo lo que necesitaba saber… Era instinto.

Echó a caminar, y aunque al principio tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio -¿Cómo demonios podían los lobos moverse con aquella cola al final de su trasero? ¡Aún no sabía para qué servía ni qué debía hacer con ella!- al poco le resultaba algo natural, sencillo, como si formase parte de ella. No es que lo dominase, pero si había conseguido caminar durante horas con tacones la primera vez que se puso unos, podía hacer aquello.

Pasó por la ciudad, donde tuvo que ir con más cautela, hasta llegar a un polígono industrial en la zona del puerto. El olor la llevaba hasta un club nocturno. El Fangtasy.

En la puerta había una gran cola de jóvenes con malas pintas. La música estruendosa se podía escuchar desde bien lejos. El tipo de antro que a Megan le encantaba, y su nombre lo hacía más tentador.

Sin pensárselo dos veces, se metió en un callejón y pasó a su forma humana intentando que nadie la viese. Si Jack quería información, la tendría.

No fue mucho problema para ella entrar. Ya estaba acostumbrada a eso. Dentro era como lo de siempre. Ruido, voces, gente bailando… Pero era más grande que ninguno de los locales donde había estado. La decoración era algo más gótica de lo que estaba acostumbrada a ver, pero no era su primer lugar gótico. Fue hasta la barra para ver si podría hablar con alguien, enterarse de cómo funcionaba aquel local y quien mandaba allí.
Encontró a un chico bastante feo, pero que parecía frecuentar mucho el sitio.
Tirando un poco de persuasión podría saber bastante más de aquel lugar. El plan era simple. Preguntar, recopilar información y salir.

-Una cerveza por favor.  – Dijo al colocarse al lado del chico en la barra.
-Hola. – Él estaba extrañado. Rara vez le hablaba una chica sin más.

-Hola.

-¿Sueles venir mucho a este sitio? -le preguntó ella, elevando la voz por encima del volumen de los altavoces.

-No, no, que va. Solo de vez en cuando. -el chico estaba más nervioso que ella unas horas atrás, cuando le dispararon.

-Billy, ¿te pongo lo de siempre? – Preguntó la camarera. Todo el plan del pobre chico al traste. Intentó no reírse. No quería ofender a Billy, y si podía quería volver a aquél local sin tener a alguien señalándola con el dedo.

-Aunque lo parezca no suelo venir mucho. -intentó excusarse, mantener su versión-¿Y tú? No te he visto por aquí. Aunque claro, tampoco es que venga mucho. Alguna vez con mi grupo a tocar o algo, pero poco más.

-No, soy nueva en la ciudad. -le dijo Megan, sonriendo. No pudo evitarlo, aquel ambiente le encantaba- Es la primera vez que vengo. ¿Así que tienes un grupo?

-Sí, un grupo pequeño, ya sabes, local.

-Claro. ¿Aquí se suelen hacer muchos conciertos? -preguntó interesada. Estaba desviándose del tema, pero por una buena causa…

-Sí, bueno, cada algo se hace. Como verás allí hay un escenario.

Megan pasó la vista por el resto del local. Encontró un acceso a la zona VIP con bastante seguridad en la puerta. Sabía que si quería encontrar más información debería entrar allí, pero hoy no era el día. Otra cosa que le llamó mucho la atención fue una zona más elevada, donde había un trono vacío detrás de unas verjas. Era algo entre lo victoriano, lo inapropiado y lo siniestro. Pero claro, aquello era un local gótico….

-¿Qué es ese trono de ahí?

-Allí es donde se pone el jefe cuando quiere ver el ambiente. No suele bajar mucho, solo cuando una chica le interesa. -Billy parecía algo incómodo con el tema, tal vez celoso.

-Sí, entiendo. Es algo excéntrico.

-Lo es…

-Bueno Billy, encantada de conocerte. Creo que me voy ya. Mis amigos me están llamando. – Levantó la mano dejando al pobre chico con la palabra en la boca. No quería más de él, y menos que se pusiera pesado.

Salió en dirección a la puerta, pero alguien le detuvo. Posiblemente el hombre más guapo que había visto en su vida.

-Hola. ¿Eres nueva por aquí? – Casi ni se creía que ese hombre le estuviese hablando a ella. Aquellos ojos azules, aquel pelo rubio, aquella sonrisa… Dios.

-Eh…sí. Llevo poco tiempo en la ciudad… -contestó entrecortadamente, casi tímida. No se había esperado aquello.

-¿Te ibas ya? No, ven a tomar algo. – Estaba bien vestido, con traje de chaqueta y un carísimo reloj de muñeca. Aunque nunca le había preocupado especialmente la ropa que llevaba un hombre o lo caro que fuese su reloj, tenía que reconocer para sí misma que aquél sabía qué vestir, y cómo vestirlo, lo cual lo hacía más atractivo si cabe.

-No, en serio. Tengo que irme. Tal vez otro día… -Quería salir de allí, pero también sentía una enorme curiosidad… Quería ver más.

-Insisto. -Su sonrisa pareció ampliarse de forma encantadora. Aquél hombre era increíblemente guapo, y eso lo hacía increíblemente persuasivo.

“¿Es que todos en esta ciudad son así de guapos?”

– Mañana. – Se mordió el labio arrepintiéndose de llevarle la contraria. Pero él fue más listo. Bajó la mirada hasta su muñeca, comprobando su reloj.  Pacientemente, sin dejar de sonreír, esperó unos segundos en un silencio tenso pero juguetón.

-Ya es mañana. – Le miró a los ojos, y ya fue cuando ella se perdió.

– Está bien. – Todo lo planeado a la mierda.

Entraron sin problema en la parte vip. Subieron unas escaleras, donde pudo ver gente bailando, besándose y bebiendo un líquido espeso y rojo. Todo olía muy mal. Pero no se quedaron allí, subieron una escalera más hasta llegar a una habitación totalmente distinta. Tenía su pequeña barra con su propio frigorífico. Él le ofreció una cerveza y que se sentase cómodamente. Hablaron de música, su pasión, y así, el tiempo se le fue volando.
Le trató bien, demasiado.
Tomaron otra cerveza, y otra, y otra. Cuando estaba acabándose la última lata, ya mareada por el alcohol y las heridas, él se sentó frente a ella, cómodamente, y con aquella sonrisa endiabladamente encantadora, y un tono amable pero firme le preguntó:

– Y ahora dime. ¿Qué hace una Garou como tú aquí?

Asustada y sola…una vez más…

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