Prólogo – Desandar el camino

Hombre Lobo: El Apocalipsis

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-No entiendo muy bien todo eso que dices sobre los patrones mentales y otras dimensiones. –dijo Matthew, cortando el monólogo de Thomas- Sólo quiero saber si puedes encontrar a una persona.
-Ya te he dicho que sí. Es una cuestión muy sencilla de resolver. –Contestó Thomas, irritado por las continuas interrupciones- Pero tienes que entender que lo que pides no es moco de pavo, chaval.
-Mira, no tengo mucho tiempo. –Comentó Matthew, impacientándose. Cada segundo que pasaba era como si Judy se alejase miles de kilómetros de él, a saber en qué dirección, en qué espacio, en qué tiempo.
Thomas, el mago ciborg, miró incrédulo al joven Garou.
-Asaltas mi casa, consigues que otros también la asalten, y en el proceso destrozas varios de mis cuerpos, por no mencionar el mobiliario. ¿Y ahora te impacientas?
-La chica ya te dio lo que pediste. Perdiste la apuesta. –contestó tajante. Hablar con aquél mago era más exasperante que hablar con Noche, y nunca había hecho nada más exasperante en su vida que hablar con Noche- No dijiste que tendría que estudiar ciencias para que me dieras una respuesta.
Los años no le habían dado más paciencia a Matthew Sendero Desconocido. Más bien al contrario, se la habían quitado. Habían ocurrido cosas que prefería no recordar, o al menos no nombrar, porque olvidarlas sería un acto incluso más cruel de lo que fueron aquellos momentos, y cuando pensaba que empezaría a tener suerte, que su viaje se había encauzado y que por fin podría aprender lo que necesitaba para no cometer los mismos errores, se encontró con un hombre que no era para nada lo que esperaba…


Tres años, tres largos años desde que perdió a Judy, y un año y medio bajo la tutela de Noche Silenciosa. ¿Había aprendido algo? ¿O al menos algo útil? Desde luego, había aprendido a desenvolverse, pelear, mentir, engatusar… Pero no estaba más cerca de Judy.
Lo único bueno que había conseguido hasta ahora era poder acceder a otros magos, y quizás ellos supieran algo.
-Mira, no empieces una discusión. ¿Quieres mi ayuda? Pues tienes que aguantar mis peroratas. –el tono de Thomas revelaba que no admitía discusión- E insisto, si pudiera acceder al lugar donde desapareció, si ocurrió como dices, seguro que aún puedo detectar una fuerte resonancia mental, y triangular el lugar en el que se encuentra ahora…
-No, imposible. –contestó Matthew, esta vez irritado por el hecho de no poder acceder a su pista más fiable. “No provocaras la profanación de un Túmulo”.
-Entonces necesito algo impregnado de ella. Algo que signifique algo para ella. –Le dijo a Matthew mientras se dirigía hacia una extraña máquina que parecía antigua y moderna a la vez.
La máquina, un conjunto de varillas de metal, con diodos expuestos y lámparas de vació. Desde luego, habría parecido más moderno hacía veinte años, o incluso un siglo, pero no se podía negar que era algo… sacado de otro mundo. Una pequeña serie de cristales emitían un brillo débil sobre una superficie de metal, y también tenía conectado lo que parecía ser un casco lleno de electrodos. No tenía muchas ganas de averiguar qué ocurriría si alguien se ponía el casco.
-¿Qué le pasará a ese algo? –preguntó mientras tanteaba su colgante. Si aquello podía ayudarla a encontrarla, estaba dispuesto a renunciar a él… Pero si sólo era una pista falsa…- ¿Se destruye?
-Esto no es un espectrómetro de masa, chico. Hace ya décadas que superé la etapa en la que era necesario destruir el objeto, o que el objeto resultaba dañado. –Thomas parecía indignado ante aquella posibilidad- No soy ningún aficionado. ¡Soy un Maestro de la Mente! ¡Conquistador del Espacio!
-Y yo soy un Hombre Lobo impaciente, Thomas. –le replicó Matthew quitándose el colgante- Si veo el más mínimo arañazo en el colgante después de lo que sea que vayas a hacer…
-Basta, basta. Las amenazas vacías no son necesarias. –Dijo Thomas mientras otros dos él entraban en la habitación, con sus cuerpos montados en serie, asexuados, mitad máquina, mitad carne, y empezaban a operar la máquina- Ya te encerré una vez, y puedo volver a hacerlo.
Matthew se maldijo a sí mismo por dejarse llevar en aquél momento por un estúpido arrebato de Rabia. Tenía razón, ya le había vencido una vez, y no estaba en situación de pensar que podía cambiar algo en otro enfrentamiento ahora mismo.
Con preocupación, vio cómo se encendían las lámparas de vacío por todo el mecanismo, y Thomas depositaba el colgante en la superficie de metal. Una serie de haces de luz salieron de los cristales, refractados, incidiendo en el pequeño recuerdo. El corazón de Matthew se encogió al ver como los rayos incidían en el colgante, como si atravesasen sus propios recuerdos.
Mientras, Thomas se había colocado aquél casco fantasmagórico que parecía haber sido robado del decorado de una de aquellas antiguas pelis de Frankenstein. De algún modo, al descansar sobre la cabeza de uno de los Thomas, era un auténtico “casco Frankenstein”.
-Interesante. –Dijo Thomas- Deberías haberme dicho el vínculo que te une a esta chica. Habría sido más sencillo usarte a ti para llegar a ella. –Pareció meditar un segundo- Hay recuerdos muy íntimos ligados a este objeto. Hay amor, puedo verlo. Una huella clara, que trasciende. ¿Por qué siempre impregnáis todo de empalagoso amor?
-Guárdate tus opiniones, Thomas. No tienes derecho a opinar nada sobre mis recuerdos. –Matthew se puso a la defensiva ¿Cuánto podría extraer aquél hombre del colgante? ¿Podría saber algo sobre…?
-Tranquilo, ya he encontrado lo que buscas. Pero es interesante.
-¿El qué?
-No es un mago lo que detecto. –Contestó Thomas- Este patrón mental nunca lo había visto.
-¿Qué quieres decir? Por supuesto que Judy es un mago, yo mismo la he visto hacer magia.
-Chico, ni siquiera es un patrón humano. –Le dijo claramente, mirándole a los ojos desde sus tres cuerpos. Matthew se sintió desvanecer.
-¿Dónde está? –fue lo único que consiguió decir.
-En Bright Falls.

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La madrugada estaba resultando muy tranquila, casi inspiradora, como si el mundo no se estuviese yendo al garete en aquél preciso instante.
Miró por la ventana y vio las casas bajas de aquél pequeño barrio de Ámsterdam, tan apacible, tan corriente… Si no hubiera llevado la vida que había llevado, le habría encantado formar parte de algo así, algo tan… inocente.
“Pero echaría de menos el camino. Al final siempre añoro el camino”
Miró al cielo, y sintió una punzada de tristeza al no poder ver las estrellas a causa de la contaminación lumínica de la ciudad.
“Al final siempre vuelvo a esta ciudad, a este lugar… Y siempre me marcho. Si tan sólo pudiera ver el cielo nocturno con claridad…”
Cogió la copa de coñac y la olió. Un delicado olor a flor de naranjo, suave pero gratificante, invadió sus fosas nasales. Meció un poco la copa y volvió a oler la bebida, disfrutando de los matices. Que fuese un hombre lobo no lo convertía en un salvaje, y que vagase por el mundo no le hacía incivilizado.
Tomó un sorbo y se deleitó con el sabor que bailaba en su boca. El licor bajó ardiente por su garganta, y le calentó.
James volvió a soltar la copa y se dirigió hasta la mesilla de noche de la habitación. Sacó un sobre cerrado del cajón y lo abrió con cuidado.
Otro nombre, otra foto, otro objetivo. Había una larga lista de razones por las cuales aquella sanguijuela merecía morir –o más bien, volver a morir-, pero a él no le importaban en absoluto las que figuraban en el papel. Él tenía una rencilla personal con Ulrich Van Thyssen, una vieja herida abierta. Y por ello mataría al Príncipe de la Camarilla completamente gratis, sin pedir nada a cambio.
El crujido de los escalones fuera de la habitación fue lo que le sacó de su ensimismamiento, y guardó los documentos dentro del sobre. La puerta se abrió mientras guardaba de nuevo el sobre en el cajón.
Matthew atravesó el umbral de la puerta, con la mirada agitada, la respiración entrecortada. Estaba visiblemente nervioso.
-Para muchacho. Parece que te hayan asaltado en plena calle. –le dijo James, levantándose y yendo hacia él.
Matthew le miró, y sin esperar a que le preguntase, se lo dijo.
-Tengo que irme.
-Esas palabras expresan muy bien cómo se siente nuestra tribu, al igual que cómo se siente un Roehuesos cuando llega el momento de pagar la cuenta en cualquier local. –Le replicó él- ¿Puedes ser más específico?
Matthew le miró casi reprochándole que le hiciese perder un tiempo que hacía mucho que no tenía.
-Tengo que volver a Estados Unidos, tengo que ir a Bright Falls. –Su mirada era casi un desafío. Sus ojos gritaban “no podrás impedírmelo”
-Entiendo que ese tipo te ha dado una pista sólida. Nunca te había visto tan apurado. –Comentó James alejándose de Matthew y alcanzado su abrigo. Cogió una pequeña libreta de notas que llevaba en el bolsillo interior.
-Es más que una pista. Es donde ella está. –Matthew resollaba a causa de la carrera.
-¿Y piensas volver andando? –La pregunta fue lanzada con mala intención.
Sabía que Matthew no disponía de los medios para realizar un viaje transcontinental de una forma rápida. Y también sabía que le constaría sudor y sangre pedirle su ayuda. Era un muchacho orgulloso en algunas cuestiones, y más con él. Era un muchacho impaciente, al que la propia urgencia de sus asuntos le impedía ver el avance de los mismos.
Pero le pediría ayuda. Sabía que lo haría por ella.
-Necesito que me consigas un medio de transporte. –dijo él, bajando la mirada un poco, algo casi imperceptible, pero lo bastante para que el viejo Caminante Silencioso supiera todo lo que necesitaba saber.
-Cuando tu madre te mandó a buscarme, estoy seguro de que no tenía en mente que abusases de mis contactos y de mi paciencia, Cachorrillo. –Le dijo él, mientras escribía una nota- Necesitas más cuidados que un perro, y traes más dolores de cabeza que un ligue que no se quiere marchar de tu cama por la mañana. –se giró a tiempo para ver cómo Matthew enrojecía de rabia. Bien, necesitaba aprender a controlarla aún más- Pero eres mi sobrino, y mi aprendiz. –Le tendió un papel que Matthew prácticamente arrancó de sus manos con un movimiento rápido- Ve al aeropuerto y pregunta a los de seguridad por Phineas, y entrégale ese papel. Pídele tanto transporte como necesites, él te llevará hasta Bright Falls. –Se encogió de hombros y suspiró- Acabas de costarme una salida rápida de Ámsterdam.
Matthew reunió rápidamente sus pocas pertenencias y las metió en una mochila. No tenía tiempo que perder, ni siquiera en palabras. Se dirigió a la puerta y cuando estaba a punto de cerrar, sintió una punzada de temor. Algo en lo que no había pensado hasta el momento se apoderó de sus pensamientos.
-Noche… -dijo Matthew dubitativo- ¿Volveremos a vernos? –Por alguna razón, temía no volver a ver a su Mentor.
-Tranquilo, no dejaría que mi reputación se resintiese dejando suelto por el mundo a un aprendiz a medias. –contestó él sonriendo.
-Bah… Tampoco es que tengas tanto que enseñar. –Le dijo él- ¿Puedes hacer el favor de quitarte esa estúpida cara? Es llamarte por tu nombre cuando ni siquiera es tu cara la que miro.
Noche Silenciosa sonrió a la vez que dejaba de alimentar con su Gnosis el pequeño amuleto que llevaba guardado en el bolsillo. En ese instante la ilusión que le rodeaba se deshizo, como polvo arrastrado por el viento, y su auténtico aspecto se hizo visible.
El pelo rubio, recogido en una larga trenza, caía casi hasta la cintura. Los rasgos de su cara se hicieron más marcados, más duros, y sus ojos se tornaron dispares, azul el izquierdo y amarillo el derecho, atentos, acechantes. Su cicatriz fue lo último en aparecer. Una fina línea empezó a nacer en su frente, y bajaba delgada y pálida por su parpado y mejilla derecha, rastro de una vieja batalla, señal de la experiencia.
-Pensé que nunca me lo pedirías.
Matthew soltó un bufido y cruzó el umbral.
-Cuídate, viejo. No hagas nada imprudente mientras estoy fuera. –Era lo más parecido a un gracias y adiós que podía decirle. Aunque había sido un maestro, casi un padre, su relación estaba llena de altibajos.
-Ve con cuidado, Cachorrillo. –Le contestó él- Ahora nos representas a los dos.
La noche se tragó las palabras, y el silbido del viento ocupó el lugar que había dejado el muchacho.
Noche cerró la puerta y volvió a dirigirse hacia la mesilla, para volver a ojear los documentos.
-Pues parece que voy a tener que acabar este trabajo rápido… -comentó mientras volvía a leer los documentos- Me pregunto si Garra aun será tan sieso como lo recuerdo…

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